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Me despierto de buena mañana, un arrebol en el horizonte anuncia el sol, pero ha hecho fresco, bien es verdad que todas las escotillas estaban abiertas, me preparo el desayuno, empiezo a fregar y limpiar haciendo tiempo para que sean las 10 (8 marroquíes) y llegue el personal del astillero. Parece que no hay viento, mejor para la maniobra. Quito los ánodos de fondeo que habrán protegido las partes metálicas de las corrientes galvánicas.
8 en punto, me presento en el despacho de Luis, el responsable del astillero, como siempre le encuentro de mal humor, resulta que han tenido estropeado el travel-lift (grúa para subir y mover los barcos) desde hace tres semanas, consecuencia: se les acumula el trabajo; para colmo de males, han venido los tres barcos del Rey, esos por supuesto tienen prioridad absoluta, así que no sabe si podrá subirlo hoy. Paciencia, resignación, Alá es Grande y Él proveerá.
Me pongo un disco de guitarra bien animado, agarro el pulidor de metales y dale que te pego a todo el acero inoxidable, parece mentira pero se oxida que da gusto. No lo hago tan perfecto como Ofra, pero me cunde lo suficiente, para que al menos “lo gordo” haya salido antes de la hora de la comida, así que satisfecho de mi obra, con la conciencia tranquila de haber hecho lo que podía, me dispongo a trasegar una cervecita tranquilamente mirando al mar, hay que tomar las cosas con calma, como vienen, en este caso acompañado de unas tostadas con paté, que empieza a hacer hambre. Me preparo la comida: 5 chuletillas de cordero (al cambio, dos euros) con unos calabacines enanos a la plancha con curry, de postre cerezas. La tarde puede ser larga y me tiene que coger preparado.
Después de comer nada mejor como un poco de Bach, esa música relajante que te transporta. Me doy ánimos y vuelvo al astillero para plantear esa manida pero siempre interesante pregunta: ¿qué hay de lo mío? Pues al parecer nada de nada, mañana será otro día. Me empiezo a cabrear, pero hago un esfuerzo, me transformo en un seguidor del zen y por fuera solo sale una sonrisa beatífica. Espero que sea la política correcta y no me tomen por un pusilánime.
Vuelvo al barco y decido empezar a remover todo el viejo barniz, agarro la lijadora como Rambo su ametralladora dispuesto a no dejar un ápice de la vieja cobertura, aunque me inunde de polvo, “polvus eris et in polvus reverteris” dicen las escrituras, así que ¿qué mas da un poco mas, o un poco menos? Aunque sea química total.
Tengo que cambiar la música, Bach no me ayuda para nada, me inclino por una rumba, parece que así lijaré mejor. Me levanto, dejo atrás la pereza, la molicie que me marcan otro destino, salgo al sol provisto de gafas y gorro, seguridad en el trabajo ante todo. La regala ha quedado bastante bien, ahora tengo que darle un manguerazo a todo el barco para que el polvillo no se convierta con la humedad en una pasta que luego no habrá manera de quitar.
Es hora de darse una ducha y salir hacia Ceuta, para comprar unos pinceles para dar el barniz, papel de carrocero, para tratar de no dejar churretones y aceite para cambiar el del motor por uno limpio.
También es el momento para pertrechar el barco, nunca se sabe si podré volver otra vez. Trámites de frontera como un veterano, a este paso me van a saludar los guardias, los de aduanas y hasta el del servicio secreto.
Paso por las murallas reales, y el canal que comunica el Atlántico con el Mediterráneo, el buen Rey Enrique el Navegante, sigue impertérrito en su ademán, no se muy bien a que se debe tal calificativo, solo hizo un viaje por mar en su vida, pero es verdad que impulsó los descubrimientos de su país. Justo en la frontera hay varios puesto de venta de pescado en salazón son muy típicos de todo el Mediterráneo y una manera tradicional de conservarlo. Al fin y al cabo la mojama es una variedad, de lujo, eso si, pero en esencia el mismo proceso.
Lo de las compras se hace pesadísimo, pero al final tengo el coche bien cargado, cuando vuelvo el de aduanas me pregunta que llevo: “cosas para el barco” ¿Dónde lo tiene? En Marina Smir. ¡Que tenga buen viaje! Con tal bendición, las cervezas, los vinos y algún que otro licor, se sienten en tierra de moros, pero casi cristianos..
Llego al barco tan cansado que solo meto los perecederos o que necesitan frío, el resto se quedan en el coche.
Pongo el concierto de piano de Rachamninoff, y me dispongo a empezar uno de los libros. Se titula CUENTOS DE NAVEGANTES, seleccionados por Juan Bautista Duizende, marino argentino y periodista. El prólogo corre a cargo de Arturo Pérez Reverte, otro gran aficionado al mar, si no habéis leído su libro LA CARTA ESFÉRICA, os lo recomiendo. El caso es que el prólogo empieza así:
Desde que accedí al privilegio de viajar en un velero propio, con el que suelo moverme por el Mediterráneo- navegar por ese mar venerable es hacerlo por la propia memoria…
Envidio la oportunidad que se ofrece al lector de este volumen de enfrentarse por primera vez, si es que las desconoce, a las historias que aguardan amarradas, fondeadas, navegando al garete o en las profundidades del mar, en cada una de estas líneas y en cada una de estas páginas…
El trabajo de rastreo y selección resulta oportuno e impecable, y su resultado es de una belleza que sabrán apreciar tanto los lectores aficionados al mar como los que se conforman –cada uno tiene sus gustos y en materia de gustos no me meto- con mantener asentados los pies en una tierra firme que, lamento ser aguafiestas, no es en realidad tan firme como parece…
Mar y marinos, peripecias, aventuras, reflexiones, vida y muerte en los escenarios sobre los que el hombre navega y escribe desde que existe la memoria. Una forma estupenda de adentrarse en la vasta, inmensa geografía de la literatura naval.
¿Verdad que pinta bien? Seguro que alguno conozco, otros serán novedosos; el caso es pasar páginas llenas de sal, que al ser leídas en el ambiente que le es propio, adquieren todavía mayor relevancia.
La noche está serena, no hay viento ni humedad. Después de cenar me iré a dar un paseo, charlaré con el guarda nocturno, que así tendrá compañía un rato y a mi me contará los cotilleos sobre los barcos del Rey, sobre los que hay una vigilancia por parte de policías de uniforme y de paisano, supongo.
No veo al guarda, pero si algún barco magnífico amarrado, se ve que empieza a haber mas movimiento que en invierno.